Sylvia Plath, Anne Sexton y Ted Hughes, el triángulo de la ausencia

De nuevo, convocados por Violeta Dávila y Nacho Uriarte, nos juntamos en una velada poética bajo la temática de la ausencia.

Uno piensa en la ausencia y nuestra mente engañosa nos lleva a pensar en  la ausencia del ser querido, en la añoranza de otro tiempo, en pérdidas pasajeras y que, esas sí, olvidaremos rapidamente; pero la verdadera ausencia, la dramática y verdadera ausencia, es la perdida del yo que nos conduce al suicidio.

“Ignoramos la envergadura del problema en España”, afirmaba en una entrevista en ELPAIS el psicólogo clínico Javier Jiménez, presidente de la Asociación de Investigación, Prevención e Intervención del Suicidio (AIPIS).  Oficialmente, en España se registraron 3.602 muertes por suicidio en 2015, último año con datos del INE. Se quitaron la vida 2.680 hombres y 922 mujeres. Descontadas las muertes por enfermedad en un sentido amplio, es la primera causa de muerte no causada por medios naturales. Por ejemplo, las muertes por homicidios en 2015 fueron de 285, las muertes por accidentes de tráfico fueron 1880.

Sylvia Plath (27 de octubre de 1933 – 11 de febrero de 1963) y Anne Sexton (9 de noviembre de 1928 – 4 de octubre de 1974) forman parte de ese triste grupo de poetas suicidas.

Silvia Plath y Ted Hugues se conocieron en una fiesta celebrada en la Universidad de Cambridge a mediados de la década de los cincuenta.  Un día, la poetisa, que había intentado suicidarse en otras ocasiones, perdió la batalla con sus demonios. El 11 de febrero de 1963, tras dejar el desayuno preparado para sus hijos abrió el gas e introdujo la cabeza en el horno.

Ted Hughes fue el editor postumo de Sylvia. El poemario que se tituló Ariel está considerado uno de los más importantes del siglo XX y de hecho en 1981, la obra de Sylvia Plath obtuvo el premio Pulitzer a título postumo.

La mujer con la que Hughes convivía en el momento de la muerte de Sylvia Plath, llamada Assia, también se suicidó utilizando el gas, aunque en este caso, también implicó a la hija de ambos, de apenas 4 años de edad. Al parecer no pudo soportar el recuerdo de la poetisa asi como de otras amantes del poeta, como Carol Orchard, que a la postre y como viuda de Ted, publicó el poema que hemos elegido para la velada, “La ultima carta”, que fue un descarte del libro publicado en 1988, poco antes de morir de cancer, “Cartas de Cumpleaños”, una especie de diario poético de su vida junto a Sylvia Plath que tiene un carácter cronológico hasta la muerte de su mujer. El libro, no hay que decirlo, tuvo un éxito inmediato aunque no consiguió superar el mito creado a su alrededor de ser, de alguna manera, el causante del suicio de Plath.

Anne Sexton (nacida bajo el nombre de Anne Gray Harvey) nació el 9 de noviembre de 1928 en el seno de una familia burguesa de Massachusetts. Su primer contacto con la depresión fue en el posparto de su primera hija.

Anne Sexton se matriculó en un curso de escritura que impartía en Boston el poeta Robert Lowell, que le enseñó, decía, no “qué poner en un poema sino qué dejar fuera”. Allí coincidió con una brillante joven de 27 años que estaba a punto de publicar su primer libro y que trabajaba como secretaria en el Hospital General de Massachusets. Se llamaba Sylvia Plath

La poesía de Sexton se encuadra en algo que los críticos han llamado “poesía confesional”. Más allá de etiquetas, su obra está centrada en la experiencia de la mujer, que es la protagonista absoluta de sus poemas.

El 4 de octubre de 1974,  después de almorzar con su editora, volvió a casa y, vestida con el abrigo de piel de su madre, se encerró en el garaje, encendió su coche y se se suicidó por inhalación de los gases del tubo de escape

Los 3 poemas elegidos para la velada, escritos en momentos muy diferentes, sin embargo, están unido por ese fino hilo de seda tejido por la muerte y la ausencia.

Límite (Sylvia Plath), edición de Ted Hughes, Traducción de Xoán Abeleira, Bartleby editores.

La mujer ha llegado a la perfección.

Su cuerpo

muerto luce la sonrisa del acabamiento,

la ilusión de un anhelo griego

fluye por las volutas de su toga,

sus pies

descalzos parecer decir:

hasta aquí he llegado, se acabó.

Cada niño muerto, enroscado en sí,

una serpiente blanca, uno a cada lado de

su jarrita de leche, ya vacía.

Ella los ha plegado

de nuevo hacia su cuerpo, como se cierran

los pétalos de una rosa cuando el jardín

se despereza y los aromas sangran

de las dulces y profundas gargantas de la flor de noche.

La luna no tiene por qué entristecerse.

Está acostumbrada a ver este tipo de cosas,

Oculta bajo su capuchón de hueso,

Arrastrando sus vestiduras crepitantes y negras.

 

La muerte de Sylvia (Anne Sexton) (traducción de José Luis Reina Palazón, Linteo Poesía)

Oh Sylvia, Sylvia,

con una caja de muerte llena de piedras y cucharas,

con dos niños, dos meteoros

vagando libres en el cuartito de juegos

con tu boca en la chapa del horno,

en la viga del techo, en la oración muda.

(Sylvia, Sylvia

¿hacia dónde fuiste

después de que me escribieras

desde Devonshire

acerca del cultivo de patatas

y la apicultura?)

¿a qué te has atenido,

cómo te has metido dentro?

Ladrona…

¿cómo te has metido dentro,

te metiste abajo sola

en la muerte a la que deseé tanto y tanto tiempo

en la muerte de la que dijimos que la habíamos superado

la muerte que llevábamos en nuestros magros pechos,

la muerte sobre la que hablábamos tanto cada vez

que en Boston tomábamos tres martinis extra secos,

la muerte que hablaba de psicoanalistas y curaciones,

la muerte que hablaba como novias con parcelas-tumbas,

la muerte por la que brindábamos,

los motivos y después el acto tranquilo?

(En Boston

los moribundos

van en taxi,

sí, la muerte de nuevo,

esa vuelta a casa

con nuestro chico.)

Oh Sylvia, recuerdo al batería soñoliento

que golpeó nuestros ojos con una vieja historia,

cómo deseábamos que viniera

como un sadista o un marica de Nueva York

para hacer su trabajo,

una necesidad, una ventana en una pared o una cuna,

y desde aquel tiempo ha esperado

bajo nuestro corazón, nuestro aparador,

y comprendo ahora que lo conservemos

año tras año, viejas suicidas

y siento con la noticia de tu muerte

un terrible gusto de eso, como de sal.

(Y yo,

yo también.

Y ahora, Sylvia,

tú de nuevo,

de nuevo con la muerte,

esa vuelta a casa

con nuestro chico.)

Y yo digo solamente

con mis brazos extendidos hacia ese lugar de piedra,

¿qué es tu muerte

sino una vieja pertenencia,

un lunar caído

de uno de tus poemas?

(¡Oh amiga,

como la luna es mala,

el rey se fue,

y la reina no sabe qué hacer

la asidua del bar debe cantar!)

¡Oh madre pequeña,

tú también!

¡Oh alegre duquesa!

¡Oh cosa rubia!

Última carta(Ted Hugues)

¿Qué ocurrió aquella noche? Aquella última noche

en que todo fue expuesto dos veces,

tres. Te vi viva por última vez

al caer la tarde del viernes

quemando en el cenicero con una extraña sonrisa

esa última carta a mí. ¿Había yo estropeado tus planes?

¿O me había sorprendido antes de lo que tenías previsto?

Una hora más tarde y ya te habrías marchado

donde yo no pudiese encontrarte.

Yo, con tu carta en la mano,

un rayo que no podía llegar a la tierra,

me habría alejado de tu puerta cerrada y roja

que ya nadie abriría.

Y que se añadió a tu carga. Salí rápido por entre la nieve

ya azulada en Febrero. Anochecía en Londres.

lloré de alivio cuando abriste la puerta.

Mil y un acertijos a solucionar. Lágrimas precoces

que no pude interpretar, que fracasaron al comunicar

su verdadera importancia. Pero lo que dijiste,

sobre las cenizas aún humeantes de esa carta

destruida con tanto cuidado, con tanta calma,

me dejó dejarte, marcharme

para que quitaras las cenizas de tu plan, del cenicero

en el que apoyaste para que yo leyera

el número de teléfono del doctor.

Mi huida

de había convertido en un hechizo,

desesperanzado e insomne, con todos sus sueños gastados,

y yo sólo quería volver a capturarlos, sólo quería

caer en algún sitio fuera de ese vacío.

Dos días de no hacer nada. Dos días gratis.

Dos días sin calendario y robados

de un mundo sin nombre

más allá de lo del día, de sentimientos y de nombres.

Lo que pasó esa noche, en tus horas,

nadie lo sabe, como si nunca hubiera ocurrido.

La acumulación de toda tu vida,

como en un esfuerzo inconsciente, como en el nacimiento

que pasa lento, que atraviesa la membrana de un segundo

hasta el siguiente, ocurrió

cólo como si no pudiese ocurrir,

como si no estuviera ocurriendo. ¿Cuántas veces sonó

en mi habitación vacía el teléfono

contigo en el tuyo oyendo el tono

y a ambos lados una memoria que se desvanece

de un teléfono sonando

en una mente que ya estaba muerta.

La almohada inocente. Dormía mi habitación

henchida de la nevada luz matutina.

encendí el fuego y saqué los papeles.

Y apenas había comenzado a escribir cuando el teléfono

de despertó como alarmado,

como recordando todo. Tomó vida de nuevo en mi mano.

Y después, como un arma elegida cuidadosamente

o como una inyección,

Depositó con frialdad sus cuatro palabras

en lo más profundo de mi oído: “Su esposa ha muerto”.