Hasta el 31 de julio podéis ir a Mérida y disfrutar de este montaje especial sobre La Antígona del Siglo XXI, dirigido por Emilio del Valle, excelentemente acompañado por sus actores y músicos habituales.

Tuve la suerte de verlo este sábado y aquí va la crónica. No pretende ser imparcial porque estábamos allí en virtud de la amistad y eso siempre te hace ser más proclive al elogio; pero, más allá de esa primera inclinación, el montaje merece mucho la pena. Por la lectura renovada del texto, por los hallazgos escenográficos, por el gran trabajo de los actores y por la presencia, como si fuera una banda sonora de una película, de la música, acompañando de manera continua (incluso con la pianista siempre presente en escena) la acción teatral.

La cosa va de Sófocles, del poder y de una mujer joven y su última peripecia vital.

Recuerdo que en casa, de niño, mi padre compró una colección de literatura que se llamaba “Biblioteca Básica Salvat” que contenía una buena selección de eso que llamamos “los clásicos imprescindibles”. Uno de ellos se llama “Ayax, Antigona y Edipo Rey” y para mí, hasta tiempo después que lo leí, era una misma y misteriosa historia de 3 personajes en busca de un lector. Con el tiempo, me agrada ver qué ha perdurado la historia femenina por encima de la peripecia de armadura del bueno de Aquiles.

Todo está en los libros y todo está en la tragedia y la comedia griega. En Antígona (la mía personal, antes de ver la visión de Emilio del Valle) estaba el drama personal. En esta lectura del siglo XXI está muy presente la memoria histórica. Antígona es condenada por enterrar a su hermano Polinices contra la prohibición de los gobernantes vencedores. Sin embargo no es un empeño contra otros, ni un empeño desde el odio. En esta lectura es un empeño para no desaparecer, para que la vida compartida o los valores de la relación no desaparezcan en el olvido o en la pérdida de la dignidad.

La protagonista, Ana Allen, nos emocionó a todo el público con su monologo final antes de optar el suicidio antes que por el abandono. Con las murallas de la Alcazaba de Mérida, recreando los muros de Tebas, como fondo, y con la maravillosa música de Montse Muñoz al piano, se construye, para mi gusto, el mejor momento teatral de la obra. Dentro de una obra con una lectura política muy clara, a mí me llegó mucho la intimidad que se transmite en esa escena casi desnuda (una iluminación que surge de abajo hacia arriba desde el piano) y la música como fondo. Podría parecer desolador y, sin duda, en la tragedia original hay mucho de ese determinismo trágico de lo fijado por los dioses, pero creo que no sales de la representación con una sensación de angustia. “El ser humano es extraordinario” recuerda Sófocles/Emilio del Valle y, por ello, las últimas palabras cuando la nodriza pregunta acerca de lo que va a pasar ahora, Creonte responde algo así como “Vivir”.

Me gustó también mucho el tránsito hacia el mundo de los “clowns” del coro griego. Dentro de una obra que es un gran drama (hermanos que se matan entre sí, mujeres que son condenadas a morir aisladas en una cueva, amantes que mueren de amor, etc.) el contrapunto cómico de los payasos circenses, le da una nota de distanciamiento muy interesante.

El teatro de Emilio del Valle (Restos, Mingus, etc.) me ha resultado siempre atractivo. Tiene un punto de provocación, que comparte con otro de mis favoritos como es Rodrigo García, pero también tiene mucho de trabajo con los actores (grande Chete Lera, grandísimo Chema de Miguel) y de cariño por el texto. Hay herramientas teatrales que maneja muy bien, como el vídeo. En esta Antígona, Tiresias se transforma en un cámara de vídeo que va grabando implacablemente, sin piedad, todo lo que va ocurriendo. Es otro punto de vista diferente al del espectador y que se proyecta, bifronte, en las murallas. En un momento se explicita, incluso, la alusión al cámara José Couso.

Una gran noche de teatro que, además estuvo acompañada de una temperatura inusualmente agradable, para lo que suele ser el infierno de calor habitual en esa ciudad en verano.

Somos en la medida que recordamos con dignidad se viene a decir en la obra. Somos en la medida que no nos perdemos en la angustia, en la queja permanente, en el victimismo sin víctima, añado yo. Cada uno tenemos un pasado. No mirar ese pasado porque nos da miedo es atar corto el pensamiento.

Si estáis por Mérida esta semana os recomiendo que no dejéis de darle una oportunidad al viejo Sófocles revisitado.