Debut literario del extremeño Jesús Carrasco. Desde el mundo de la publicidad hace su aparición estelar con esta novela sobre la desolación, la soledad pero también sobre los lazos que unen a los seres humanos en situaciones extremas.

Desde su agujero de arcilla escuchó el eco de las voces que lo llamaban

Desde el comienzo su manera de narrar consigue engancharte hasta que no acabas la novela. El punto de vista está situado en un niño aunque el narrador omnisciente aporta las descripciones necesarias para que el contexto y el paisaje sean determinantes en el relato.

No he sabido encontrar en la historia alguna referencia concreta para datar la época. A primera vista remite a una España rural, pobre, atrasada, quizás de principios del s.XX o post guerra civil, aunque las referencias a una sequía casi catastrófica lo sitúan, en mi opinión, en una dimensión atemporal. Durante la lectura me resultó sugestivo el situarlo en una época sin tiempo después de algún tipo de desastre natural que haya reducido a los habitantes del territorio a unas condiciones de vida casi feudales de aislamiento y supervivencia.
A los que les gusten las comparaciones en mi lectura había paralelismos que remitían a “La carretera” de Cormac McCarthy no sólo por ese ambiente “post-apocaliptico” al que aludía antes sino por la presencia de un viaje entre 2 personales (un adulto y un niño) en condiciones extremadamente duras y con la amenaza constante, a veces invisible, otras muy real, de otros seres humanos.
De “Intemperie” destaco sobre todo el lenguaje, el prodigioso manejo del lenguaje y la sintaxis en cada párrafo. El vocabulario tiene algún toque de arcaísmo de ascendencia rural pero también de un cuidado extremo en que no sobren adjetivos para describir.
La austeridad en la prosa es el complemento perfecto para lo descrito. Una historia, sencilla y directa, de una fuga y de una búsqueda que se remata con un final que no nos deja indiferentes como lectores.
Violencia justa y contenida en cada página, como violenta es la realidad que rodea y lleva a los personajes al extremo. La descripción de las escenas violentes tiene, como todo el libro, un ritmo lento, demorado que hace que la explosión vaya desde dentro hacia afuera.
A algún lector se le puede hacer moroso el desarrollo de los acontecimientos pero, en mi caso, es un disfrute el encuentro con escritores que no se pierden en los fuegos artificiales de la trama sino que condensan y destilan el lenguaje en  pocas palabras, como los cabreros de algún pueblo de Gredos que miran con el escepticismo del que ha reflexionado muchas jornadas en el silencio, a los que abundamos en las palabras para describir una realidad que ya es bien conocida por ellos porque la han vivido.
La vida mancha, la vida deja arrugas con polvo en la cara y en el cuerpo, como en el cabrero protagonista de intemperie. Jesús Carrasco describe ese rigor del miedo y la soledad del niño maltrato y su lectura no te puede dejar igual.