Gracias a una fantástica iniciativa de una buena gente, cada algunos meses nos juntamos en lo que llamamos la “velada poética” para leer poesía y tomar unos vinos. ¡Qué mejor”.

La última sesión estaba dedicada a ese tema universas como es el tiempo y su diálogo con la infancia. Aquí va mi selección con algunas notas.

Luis Cernuda, “El Tiempo” (Ocnos, 1942 )

Velada poética

Luis Cernuda, Ocnos

Nacido en Sevilla en 1902, muere en el exilio en México en 1963.

En este libro corto y certero, el Cernuda del exilio describe la verdadera nación de cada uno: su infancia. Para ello, recurre a los temas intemporales: la eternidad, el miedo, la biblioteca, la luz, el destino.

El poema, escrito entre 1939 y 1942 en Escocia, es una autobiografía sentimental de la infancia del poeta en Sevilla.

“Llega un momento en la vida cuando el tiempo nos alcanza. (No sé si expreso esto bien.) Quiero decir que a partir de tal edad nos vemos sujetos al tiempo y obligados a contar con él, como si alguna colérica visión con espada centelleante nos arrojara del paraíso primero, donde todo hombre ha vivido una vez libre del aguijón de la muerte. ¡Años de niñez en que el tiempo no existe! Un día, unas horas son entonces cifra de la eternidad. ¿Cuántos siglos caben en las horas de un niño?

Recuerdo aquel rincón del patio en la casa natal, yo a solas y sentado en el primer peldaño de la escalera de mármol. La vela estaba echada, sumiendo el ambiente en una fresca penumbra, y sobre la lona, por donde se filtraba tamizada la luz del mediodía, una estrella destacaba sus seis puntas de paño rojo. Subían hasta los balcones abiertos, por el hueco del patio, las hojas anchas de las latanias, de un verde oscuro y brillante, y abajo, en torno de la fuente, agrupadas, las matas floridas de adelfas y azaleas.

Sonaba el agua al caer con un ritmo igual, adormecedor, y allá en el fondo del agua unos peces escarlata nadaban con inquieto movimiento, centelleando sus escamas en un relámpago de oro. Disuelta en el ambiente había una languidez que lentamente iba invadiendo mi cuerpo.

Allí, en el absoluto silencio estival, subrayado por el rumor del agua, los ojos abiertos a una clara penumbra que realzaba la vida misteriosa de las cosas, he visto cómo las horas quedaban inmóviles, suspensas en el aire, tal la nube que oculta un dios, puras y aéreas, sin pasar.”

Federico García Lorca 1898–1936),

Velada poética

Federico García Lorca, Divan del Tamarit

Con versiones de Carlos Cano y Lagartija Nick esta “Casida del herido por el agua”, incluida en el Divan del Tamarit,

La denominación de Casida es un homenaje a los poetas árabes de Granada de ahí la denominación de “casida” que es un verso propio de la zona de Persia que solía tener un tema único (por ejemplo, una alabanza al rey) aunque su uso permaneció por su carácter nostálgico y de añoranza que es el que retoma Federico. Tamarit es el nombre de una huerta de la familia situada en la vega de Granada, por ello las referencias a la infancia están desde el título.

De la obra se tiene una primera mención en 1934 como un proyecto que la Universidad de Granada estaba preparando para su impresión. Su publicación final se produjo en 1940 en Buenos Aires por la editorial Losada y y Nueva York (bajo el título The Divan at Tamarit) por la Revista Hispánica Moderna.

Escrito después de su viaje a Nueva York, sin duda las experiencias allí vividas acaban definitivamente con la visión de la infancia del poeta. Todos los poemas expresan un cierto dolor por el amor imposible; posiblemente por los problemas que encontraba Federico para que se aceptara su ser homosexual y poderse, especialmente en los ambientes de izquierda y del partido comunista.

Son los tiempos de colaboración con la República, de La Barraca, del éxito de Bodas de Sangre pero también problemas.

El poema es de un cierto hermetismo que le acerca a obras como “El Publico” o “Así que pasen cinco años”. Algunas de las claves son:

El subir y bajar hace referencia a un tema muy lorquiano del movimiento en el acto sexual. El punzón que atraviesa el corazón, además de una imagen religiosa, hace referencia al acto de escudriñar, de mirar más allá de la apariencia. El niño herido es ese corazón que sufre atravesado por aguas de amor oscuro. Las espadas son los surtidores que pueblan Granada y que fueron testigos de algún encuentro amoroso furtivo que termina al amanecer cuando la luz se hunde en los arenales de la madrugada. La muerte blanca es la eyaculación desprovista de propósito engendrador. El día va marcado por la noche y el amor va marcado por su fin y su fracaso.

 

Casida primera del herido por el agua “Divan del Tamarit”

Quiero bajar al pozo

quiero subir los muros de Granada

para mirar el corazón pasado

por el punzón oscuro de las aguas.

El niño herido gemía

con una corona de escarcha.

Estanques, aljibes y fuentes

levantaban al aire sus espadas.

¡Ay qué furia de amor! ¡qué hiriente filo!

¡qué nocturno rumor! ¡qué muerte blanca!,

¡qué desiertos de luz iban hundiendo

los arenales de la madrugada!

El niño estaba solo

con la ciudad dormida en la garganta.

Un surtidor que viene de los sueños

lo defiende del hambre de las algas.

El niño y su agonía, frente a frente

eran dos verdes lluvias enlazadas.

El niño se tendía por la tierra

y su agonía se curvaba.

Quiero bajar al pozo

quiero morir mi muerte a bocanadas

quiero llenar mi corazón de musgo

para ver al herido por el agua.

 

Jaime Gil de Biedma (Barcelona, 1929 – 1990)

Velada poética

Jaime Gil de Biedma, Poemas póstumos

Poeta exponente de un tiempo. Hijo de la alta burguesía catalana, bien colocado en un sitio tan especial como la Compañía de Tabacos de Filipinas, homosexual, simpatizante del PSUC.

Hombre cultísimo y de una extraordinaria formación intelectual. Reunió su poesía en el libro Las personas del verbo, considerada la edición canónica de su obra compuesta básicamente por 3 libros: Compañeros de viaje, Moralidades y Poemas Póstumos. Los 2 primeros un exponente de poesía social y de crítica a la hipocresía de esa alta burguesía que le daba de comer.

Miembro de la llamada Escuela de Barcelona, con Gabriel Ferrate, Carlos Barral, Jaime Salinas, Juan Marsé y luego integrado en el “Grupo Poético de los 50” aunque el propio Jaime decía que los grupos poéticos eran meras creaciones editoriales. Se aleja hasta cierto punto de la escuela de poesía descomprometida y muy inspirada por Garcilaso de la Vega tan del gusto del régimen en aquellos años. Su estilo utiliza coloquialismos lo cual no significa que su cuidado de la forma no sea exquisito.

“Poemas póstumos” fue  publicado por primera vez en 1968 y después revisado y ordenado para la edición completa de sus obras en la ya citada “Las personas del verbo”.  Su poesía destaca por su perfección y complejidad. También su lucidez y su capacidad evocativa y para la reflexión.

La última etapa de su vida destaca por su nihilismo y pesimismo. Murió en 1990 de sida.

Un estrambote curioso de su vida es que Jaime es el tío de Esperanza Aguirre y Gil de Biedma.

El poema elegido, “No volveré a ser joven”, que ha tenido versiones geniales desde los primeros noventa por Loquillo y últimamente por Miguel Poveda, es una declaración de principios sobre la verdad que no admite el edulcorante de la religión o de otros consuelos.

No volveré a ser joven

Que la vida iba en serio

uno lo empieza a comprender más tarde

—como todos los jóvenes, yo vine

a llevarme la vida por delante.

Dejar huella quería

y marcharme entre aplausos

—envejecer, morir, eran tan sólo

las dimensiones del teatro.

Pero ha pasado el tiempo

y la verdad desagradable asoma:

envejecer, morir,

es el único argumento de la obra.

Poemas póstumos” 1968

 

Francisco Brines (Oliva, Valencia, 1932-)

Encuadrado también en el Grupo Poético de los 50, sin embargo, su obre deriva muy rápidamente hacia un tono intimista y, posiblemente, sea el más clasicista de los poetas de su generación.

Velada poética

Francisco Brines, El otoño de las rosas

En este poema hay una historia de amor y en el último verso se puede ver el resumen de la cosmovisión de la obra de Brines al considerar que el tiempo, ese gran destructor, impone siempre su ley y su ley es la destrucción, el acabamiento y la finitud.

El Otoño de las rosas” (1986) supone la culminación de su obra poética. Una vuelta de tuerca hacia la forma y la sensualidad más griega y más latina.

Ese último poema nos habla del extrañamiento de la vida. Sentirse propiamente extraño de la propia vida, situarse en las afueras de la propia vida y de lo que en ella fluye, se huele o se ve.

Como bien refleja Casilda Sánchez en su primera novela sabemos que el amor deja a su paso con frecuencia acumulaciones y cimientos de cenizas que sólo nos hablan de pasiones consumidas.

 

Desde Bassai y el mar de Oliva

Era en aquel viaje por las tierras dormidas de la Arcadia,

para encontrar el templo en donde floreciera la primera sonrisa del capitel de acantos (o de rosas),

allí donde la ausencia adusta del cestillo era un canto de fuego y de cigarras.

Las columnas de piedra sostenían el pájaro y el cielo.

Los pájaros azules, el cielo derribado.

El féretro estival del tiempo destruido. Y todo se perdía y era eterno.

Yo miraba en tus ojos el mundo que era estable y muy viejo, y tú sonabas sólo como la juventud.

 

Y antes vi el mar, en esas horas solas de la siesta,

cuando el sol enloquece su extensa superficie, y brilla en aire de oro suspendido

esa frescura eterna que hace dioses muy niños los ojos del que mira,

cuando llegan veloces y pausadas las velas lejanísimas,

y sólo existe el mar, el cuerpo de una gloria azul e inacabable,

y aquel que lo contempla con ojos escondidos, y la mirada ardiente:

el muchacho, con un secreto amor también inacabable de sí mismo,

porque el mundo y la vida se hospedan sólo en él.

Y nadie aún existía que a él le desplazara, ni tu humana hermosura.

 

Sigue aún el mar, pero no la mirada, ni las velas,

y el templo, con las puertas cerradas, es triste, y es católico.

Alguien me dio un abrazo de adiós definitivo en un andén muy agrio

y en los espejos busco, y araño, y no lo encuentro

a ese que fui, y se murió de mí, y es ya mi inexistencia.

Lo siento más extraño que a mí mismo

cuando tienda a saberme desde mi ceguedad y todo sea el hueco,

y esto es así porque percibo un resto muy breve de su luz todavía.

Yo sé que olí un jazmín en la infancia una tarde, y no existió la tarde.

 

Felipe Benítez Reyes (Rota, Cádiz, 1960)

La misma luna

Felipe Benítez Reyes

Es quizás el poeta que más espacio ha dedicado al tiempo. La paradoja, para Felipe Benítez Reyes, es que el tiempo nos hace y nos destruye: estamos hechos de tiempo. No poseemos nada más que el tiempo aunque nos engañemos pensando que poseemos bienes, personas, prestigio o influencia.
Ya sea en poemas como “El tiempo” en Equipaje Abierto (1996) o “Cine de Verano” en Escaparate de venenos (2000) o “Los paisajes del tiempo” en La misma luna (2007) nos muestra que para el poeta “el tiempo no se cura con nada”.

Los paísajes del tiempo

¿Fue al principio un jardín?

Luego fue un bosque.

El bosque ardió una tarde

Y entonces fue un museo de cenizas.

 

El agua de una lluvia

Convirtió esas cenizas

en un río fugado.

 

Ese río dio al mar, como es costumbre,

Y ahora el agua del mar moja mis pies,

mientras miro a lo lejos

para reconstruir con los ojos de la memoria

aquel jardín inicial: la conjetura

de la existencia de un origen

para esto que escapa y fluye y pasa

y se va y ya no vuelve y no se olvida

o se olvida y regresa y no es de nadie.